domingo, 18 de mayo de 2014

Una tarea deshonesta

   Corría un invierno crudo como sólo los más viejos recordaban.
   El hombre esperaba, resguardado del viento en una esquina a escasos metros del muelle, arrebujado en su abrigo. El sonido del mar y las campanas de los barcos en la lejanía flotaban en el aire. La zona inferior del puerto no era un lugar agradable, pero precisamente por eso estaba allí. En la zona alta, y aunque ya había caído el sol, decenas de ricos comerciantes desembarcaban, y otros tantos guardias controlaban la zona.
   La Quilla, que era como se llamaba a los bajos fondos, era un sitio peligroso, y el lugar ideal para encontrar trabajos como el que le ocupaba aquella fría noche de invierno. No tuvo que esperar mucho más, puesto que un encapuchado penetró en la taberna que había estado vigilando de reojo. Pudo reconocerle porque una de sus mangas era roja, de un rojo que, aunque apagado, contrastaba con el resto de sus vestiduras, por lo demás negras.
   El hombre del abrigo se separó de la pared, caminando decididamente hacia el edificio bajo en el que el individuo había entrado. Cruzó el portón, dirigiéndose a una mesa muy concreta, reservada de antemano para el encuentro. Estaba algo apartada del resto, en un rincón en penumbra donde hubiera resultado difícil ser escuchado. Se sentó frente al hombre, que ya le aguardaba. Sólo le había visto en una ocasión antes, en el momento del encargo. Mientras lo medía con la mirada, el hombre habló con voz profunda.
 —Has cumplido con tu parte del trato.
 —Así es. He eliminado al objetivo. ¿Qué hay de mi recompensa?
 —Tendrás tu pago, tal y como acordamos.
 —¿Cuál será la forma de...
 —Silencio —interrumpió— Tanto como puedas soñar. Más del que jamás hayas visto. —Dejó una llave frente a él, una llave nueva y pesada.— Tómala. Ahora, largo.
   Sin discutir la orden, el hombre cogió la llave y se puso en pie, levantando el cuello del abrigo para no ser reconocido en el exterior, y salió.
   Afuera le esperaban dos fornidos marineros, delante de un carruaje. Le indicaron con un gesto que subiera, y así lo hizo.
   Tras unos minutos de traqueteo e inquietud, el carruaje frenó suavemente, y se bajó. Los marineros, desde el pescante, señalaron un caserón, agitaron las riendas y se marcharon.
   En la casa, el hombre profirió un silbido.
   El interior de la casa estaba repleto.
   Repleto de chocolate.

jueves, 24 de abril de 2014

Alto, muy alto

   —Volar —dijo él, con la mirada perdida en el infinito de sus ojos.
   Ella respondió lo evidente (¿acaso podía responder otra cosa?).
   —Caer —contestó con sequedad.
   —Volar más alto —siguió, ahora sonriente, casi retador.
   Pero ella no se lo iba a poner tan fácil.
   —Caer desde más alto.
   Esta vez, él lo pensó un poco.
   —Volar todavía más alto—; articuló las palabras lentamente.
   —Caer desde todavía más alto —rebatió ella, exultante.
   —Volar tan alto que podamos escapar.

   Y, sin dejar tiempo a que pudiera elaborar una respuesta coherente, la besó.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Anexo: El colgante

*Atención: El siguiente anexo es meramente informativo, y, como podrán comprobar los desdichados lectores que tengan la desgracia de leerlo, no tiene pretensiones de calidad literaria alguna. Rogamos nos disculpen, y les aseguramos que la junta de dirección considerará la posibilidad de rehacerlo de forma que sea, como mínimo, agradable a la vista. Un saludo cordial.
**Atención (de nuevo, por favor): El anexo ha sido remodelado ya, y ahora que es legible, nos atrevemos a calificarlo incluso de decente. Disculpen las posibles molestias ocasionadas por los desatinos del autor. Un segundo, pero no por ello menos cordial saludo (:
Mi cadena

   Comenzaba la primavera; corría el mes de Abril. Yo estaba persiguiendo un sueño, y en mi camino hallé algo. Dado que podía ser una pista para encontrar aquello que buscaba, lo recogí, sorprendido, y lo tomé entre mis manos con delicadeza. Allí, entre todo el ruido de la ciudad, entre un edificio y el cauce de un río, entre dos losas de un blanco casi marchito, entre dos pequeños, jóvenes brotes de una planta, estaba.
   Era un trocito de mi escurridizo sueño, que se había caído y había quedado olvidado en el suelo.
    Como quien ha encontrado un tesoro, guardé la tuerca, pensando en cuánta suerte había tenido de ser encontrada. Me dije que algo así no podía ser abandonado y que, de hecho debía estar en un lugar importante. Por eso compré una cadena de metal frío e inerte, que, con mi corazón cálido y vivo, llené de  deseos, afanes, esperanzas, quimeras, utopías e imposibles.
   La introduje a través de la tuerca y, con el propio esfuerzo de mis manos, uní los extremos y la coloqué alrededor de mi cuello. Un círculo perfecto de anhelos y fantasías, con mi sueño junto al pecho, recordándole a mi corazón por qué late. Una cadena sin principio... Ni fin.

    Y así fue como acabé llevando un pedacito de dulce felicidad alrededor del cuello.

jueves, 20 de marzo de 2014