domingo, 19 de octubre de 2014

October,18th

  Si la ves, dile que la echo de menos.

  Que echo de menos sus risas, sus ojos. Sus rarezas y sus tonterías. Su forma de moverse.

  Dile que la quiero. Que no ha pasado un día sin que pensara en ella. Que cada vez que he jugado a aquel juego desde entonces, cada vez que he tocado un gorro de lana, cada vez que he visto fuegos artificiales, he pensado en ella.

  Si la ves, dile que he aprendido a sobrevivir sin ella. Dile que me han hecho mucha falta su voz y sus abrazos, pero que, de alguna manera, he aguantado sin ellos. Dile que hay veces en las que sólo deseo que todo vuelva a ser como antes, pero que sé que no puede ser.

  Dale un beso en la mejilla de mi parte y pídele que no me olvide.

  Después, cuéntale lo del accidente.

lunes, 15 de septiembre de 2014

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Un hombre eficiente

  Estaba cumpliendo con el turno de descanso reglamentario.

  A nadie le gustaba descansar, pues era algo que se hacía en soledad.

  Al aire libre, aislado de los ensordecedores ruidos de las máquinas y la tranquilizadoramente banal charla de los compañeros.

  Por si eso fuera poco, no estaba permitido sacar nada para seguir trabajando.

  Algunos chillaban y aporreaban la puerta para escapar del inhóspito silencio del descanso.

  Otros lloriqueaban y se encogían en un rincón hasta que pasaba el suplicio.

  Aquel hombre, sin embargo, se dominaba y aguantaba estoicamente el tiempo necesario.

  Mas, una tarde; aquella tarde, ocurrió algo.

  Miró hacia el cielo y se deslumbró por sus colores.

  Miró hacia el cielo y admiró la inmensidad de las nubes, y sus formas.

  Miró hacia el cielo y se asombró de distinguir los planos en los que se deslizaban éstas con suavidad absoluta, como empujadas, moldeadas, por manos invisibles.

  Miró hacia el cielo y se maravilló de ver cuatro tonalidades de naranja, seis de blanco y tres de añil.

  Miró hacia el cielo y encontró un solo pájaro planeando con gracia, y deseó volar en libertad.

  Miró hacia el cielo, hacia aquel inabarcable y majestuoso cielo, y se sobrecogió ante su propio, diminuto tamaño.

  No obstante, recordó entonces las sabias palabras que le habían enseñado en la escuela; la futilidad de todo aquello.

  Y, como el eficiente trabajador que era, volvió sonriendo a su interesante y productiva labor, ignorando la lágrima que rodaba por su mejilla.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Para leer en tristes y solitarias medianoches como esta

—¡Llueve! ¿Has visto qué rayos?
 (Silencio)

—Oh. Supongo que he vuelto a olvidar que no estabas aquí.