Sueño, y sueño que vuelvo a mi infancia, a aquella casa donde pasé grandes veranos.
La escalera metálica sube hasta el piso, y allí me espera mi abuela sonriente, con los brazos abiertos, pero cuando llego hasta ella, no me reconoce. Se desvanece.
Entro en el salón: a mi derecha, la vieja chimenea apagada; a mi izquierda, la lámpara de araña. Avanzo por el pasillo, pasando al lado de mi habitación, cuyas camas polvorientas me son extrañas. Pienso que son las sábanas, que ya no son las de antes. Dejo atrás el baño, su puerta entreabierta, el espejo picado donde jugaba a escaparme de mi reflejo.
Y, al fondo del pasillo, la veo: la habitación de mis padres, con sus cajas y cajas de juguetes, escenario de mil batallas, de épicas victorias y malvados personajes. Pero cuando entro, me doy cuenta de que hay algo a mi izquierda.
La puerta se cierra, la habitación entera ha cambiado, y, ladeado sobre la cama, tu cuerpo yace cara a mí. Una camiseta larga, gris y muy fina, te cubre desde los hombros hasta los muslos, marcando, resaltando tus curvas, jugando con tu figura.
Mi llegada no te sorprende; clavas tu mirada en mí, demandando mi atención, mi tacto, quizá algo más.
Extiendes tu mano, pero las barras de madera de la cabecera de la cama se han combado y retorcido hasta convertirse en caballos de carne y hueso, que piafan furiosos. Te tomo de la mano.
Y todo arde.
martes, 24 de junio de 2014
Paz
Estábamos en un precipicio, un precipicio hecho por completo de cristal. Mi amigo me dirigió una mirada interrogante. Sabía cuál era su destino. No lo comprendía, pero lo aceptaba, porque confiaba en mí. Le ayudé a tumbarse boca abajo, con la cabeza asomando por el borde. Él estaba relajado; ambos lo estábamos.
—Te echaré de menos —susurré.
Besé su espalda desnuda con la dulzura con que lo haría una madre y, acto seguido, lo empujé con suavidad.
Simplemente caía, y de repente mi amigo ya no estaba. Mis manos temblaron ligeramente.
No gritó.
—Te echaré de menos —susurré.
Besé su espalda desnuda con la dulzura con que lo haría una madre y, acto seguido, lo empujé con suavidad.
Simplemente caía, y de repente mi amigo ya no estaba. Mis manos temblaron ligeramente.
No gritó.
martes, 17 de junio de 2014
¿Razones?
—Anda, recuérdame otra vez por qué te quiero tanto.
—No sé qué decirte. Quizá no debieras quererme.
—Ah, claro. Ya recuerdo.
—No sé qué decirte. Quizá no debieras quererme.
—Ah, claro. Ya recuerdo.
lunes, 9 de junio de 2014
Pensamiento II
En ocasiones, cuando me quedo a solas, miro hacia el interior, hacia mí mismo.
Y lo que veo me aterra.
Y lo que veo me aterra.
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