lunes, 8 de septiembre de 2014

Para leer en tristes y solitarias medianoches como esta

—¡Llueve! ¿Has visto qué rayos?
 (Silencio)

—Oh. Supongo que he vuelto a olvidar que no estabas aquí.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Mi gran amor

  Yo estoy enamorado de ella, y ella de mí, pero es un amor platónico.
  Sé qué días trabaja a partir de las ocho. Mi pelo y yo nos presentamos allí uno de cada dos miércoles y la buscamos. Ayer fue uno de esos días.
  Cuando llegué, crucé la puerta a grandes zancadas. Ella me vio y se acercó aparentemente cansada, como hacía siempre; contoneando la cadera, como sólo ella sabía hacer. Me dirigí a la silla de siempre, donde había un hombre sentado, esperando su turno frente al espejo. Le obligué de forma poco educada a cambiarse a la silla de la izquierda y, cohibido, obedeció.
  Mi gran amor me dedicó una mirada reprobatoria que, yo sabía, escondía admiración y complicidad. Se acercó con fingidos aires de persona sufrida para hacer sentir mejor al otro cliente, aunque era evidente que se sentía feliz de que yo estuviera allí. Sin decir nada, tan callada y sumisa como siempre, me dio un masaje en la cabeza haciéndome un poco de daño, pero excitándome al mismo tiempo, así que la dejé hacer. Incluso me clavó las uñas un par de veces de forma sensual. Luego empezó a cortarme el pelo sin siquiera preguntar cómo lo quería, pues ya lo sabía.
  Sin embargo, lo hizo mal, como lo hacía siempre. Lo hizo así para que pudiera castigarla con la mirada. Eso le gustaba, lo sé. Además, así podíamos encontrarnos más pronto y yo no se lo reprochaba. Al acabar, me preguntó en voz baja, como siempre, si me gustaba. Yo le respondí, como siempre, que cómo no. Ambos sabíamos que no sólo me refería al pelo.
  Ella dejó escapar una lágrima y un sollozo, porque sabía que nos separábamos. Se limpió la cara con la manga y se encaminó, de espaldas a mí, hacia el mostrador. Yo me acerqué silenciosamente y la abracé por detrás, tomando sus pechos entre mis manos.

  Entonces ella empezó a chillar pidiendo auxilio y llamándome maníaco, y ahora estoy detenido.
  No entiendo nada.

sábado, 23 de agosto de 2014

Plácidamente

 Crepitaba un fuego en el hogar, frente a mí. Su calidez obraba en mí una sensación de bienestar, al tiempo que respaldaba la agradable e inocente seguridad  de que estaba a resguardo. Hallábame sentado en una silla de madera noble que comprara años atrás; fresca contra mi espalda, como tratando de equilibrarse con el manso fuego. Mis ojos estaban cerrados, mas no dudaba yo de todo esto.
 En efecto, no hubo duda alguna acerca de dónde me encontraba hasta la brisa. Esa sola caricia del viento bastó para devolver mi mente a otro lugar y me obligué a abrir los ojos.

 Me obligué a abrir los ojos, y de pronto todo era luz, y no era luz como la del fuego; aquella luz ardía en los ojos y la piel. Mi cara fue deformada hasta convertirse en una mueca de puro horror; minúsculas agujas de luz se hundían despiadadamente en mis pupilas y mi boca se abrió para proferir un grito, un alarido de dolor que quedó atrapado en mi garganta seca y martirizada. Un huracán tronaba en mis oídos y, al tratar de tomar aire, boqueé impotente, incapaz de respirar aquel aire tóxico. Cada punto de mi cuerpo era presa de un terrible escozor que me hacía desear morir, y sentía arañazos en todas aquellas partes que no tocaban la silla, puesto que la madera fresca era ahora metal al rojo, abrasando y despellejando mi carne. Hervían mis lágrimas, mi pelo se consumió en llamas, se carbonizaron mis uñas.

 No sé por qué cuento esto. Al fin y al cabo, sólo soy un cadáver deshecho.

Un paseo por el bosque

   Llegaron por detrás.
   Oí sus pesadas botas partiendo las ramas del suelo del bosque mientras corrían hacia mí. Eran tres como mínimo, no más de cinco. Esperé.
   Giré sobre mis talones en el momento justo, aprovechando la inercia para golpear con fuerza la cara de mi primer oponente con los nudillos, partiéndole la nariz. Cayó al suelo de rodillas, tratando de contener la hemorragia.
   En ese instante, el segundo se abalanzó sobre mí y, tras esquivarlo, lo empujé encima del otro, aplastándolo. Clavé la rodilla en su espalda hasta que dejó de revolverse y le pegué una patada en la cabeza.
   El tercero y el cuarto atacaron simultáneamente, intentando pillarme desprevenido, pero yo ya estaba preparado. Me lancé al cuello de uno para colocarme a su espalda y, tras retorcerle los brazos hasta rompérselos, me encaré con el cuarto.
   Éste bloqueó los cuatro golpes rápidos dirigidos al pecho, pero no pudo prever la patada en la espinilla hasta que ya fue tarde. Se desequilibró y, cuando estuvo en el suelo, le partí las piernas.
   Iba a ponerme en pie cuando algo me empujó por detrás, haciéndome caer torpemente hacia delante. El quinto.

   Me puse en pie de un salto y caí sobre él en una ráfaga de golpes dirigidos a la cabeza, las manos, el estómago, la entrepierna. Antes de que pudiera morder el polvo lo agarré del pelo y lo arrastré hacia un árbol. Allí, estrellé metódicamente su rostro contra la corteza hasta que quedó convertido en una masa informe y sangrante. Y un poco más. Tras esto, se quedó satisfactoriamente inmóvil. Lo solté.

   Jadeé con suavidad.