sábado, 16 de agosto de 2014

Dos extraños

   Había un joven. Caminó unos cientos de metros por la playa y se sentó lejos de la orilla, en la arena seca, sintiéndose casi tan polvoriento como ésta.
   Era una noche única. El mar estaba embravecido; la luna brillaba con fuerza en el cielo del sur; y al norte los relámpagos de una tormenta iluminaban unos negros, gigantescos nubarrones que se acercaban.
   El joven contempló impasible aquel espectáculo. Toda aquella belleza. Miró las olas con semblante sereno, intentando con todas sus fuerzas captar una chispa de emoción, de sobrecogimiento, quizá incluso de miedo. Intentando llorar, gritar, enfurecerse. Intentando sentir algo. Pero todos sus esfuerzos fueron en vano: no logró un parpadeo, una mísera lágrima.

   Dirigió una mirada cansada hacia el cielo, cerca de la luna. Justo entonces, pasó una estrella fugaz por aquella franja del cielo oscuro. Se levantó y echó a andar por la orilla.

   Al cabo, encontró a una mujer, también joven. Se acercaron lentamente, como lo habrían hecho dos animales temerosos, pero de pronto sus ojos, los ojos de dos desconocidos, brillaron en señal de reconocimiento. Sin mediar palabra, se tumbaron en la arena y se besaron. Ella no era perfecta; tampoco lo era él. Sus besos sabían a soledad, a melancolía, pero eran suaves bálsamos para su mutuo dolor.
   El la miró a los ojos y le dijo que la amaba.

   Después se separaron, cada uno por su lado, y ambos pidieron el deseo.

martes, 12 de agosto de 2014

La añoranza

   Cuando te encuentre, te abrazaré tan fuerte que te haré daño. Saltarás a mis brazos y yo te atraparé en el aire y te sujetaré contra mi pecho para que nunca, nunca más, te vayas de mi lado.

   La fuerza del abrazo será tal que los ojos se te saldrán de las órbitas; se partirán entre crujidos y chasquidos tu columna y tus costillas. Éstas perforarán tus pulmones y penetrarán en ellos. Sangrarás por la nariz y, con tu último hálito de vida, tratarás de revolverte. Patalearás contra mis piernas; aporrearás mi espalda con tus puños. Intentarás arañarme incluso, tus ojos desenfocados buscarán algún lugar donde herirme. Pero de nada servirá, amor mío.
   Y  seremos felices y comeremos perdices.
   Fin.

martes, 29 de julio de 2014

viernes, 11 de julio de 2014

La calidez del final

   Habíamos estado rodeados de gente, pero ahora yo estaba solo. Habíamos paseado bajo la lluvia torrencial, dejando que empapara nuestra ropa y calara en nosotros. La piel agradecía el tacto frío de la lluvia y nuestras manos se habían entrelazado de forma casi fortuita, con naturalidad. Parecía como si aún pudiera sentir sus dedos apretando los míos.
   Completamente solo.
   Sólo me haría falta una hoja de afeitar, pensé. Y una carta, claro. Una carta a aquellos a los que mereciera la pena dedicar unas líneas. Sabía cómo lo haría.
   Llenaría la bañera con agua tibia y me desnudaría. Afeitaría mi cabeza y luego guardaría el pelo en un saquito de cuero. Los recuerdos me asaltarían entonces, pero yo los acariciaría con algo de melancolía y les diría que no me pertenecen; que son libres. Que la persona a la que una vez pertenecieron no existe, ya no.
   Me sumergiría despacio, muy despacio, sintiendo mi piel erizarse, y dejando que el agua me cubriera poco a poco. Alzaría el pequeño rectángulo de acero inoxidable frente a mí y me vería reflejado en él. Le dirigiría una mirada profunda y desafiante a mi reflejo. Retadora.
   Después, con una calma extraordinaria, extendería los brazos y hendería la piel a lo largo, dibujando, allí donde sólo había habido blanco, delgados caminos separados como riachuelos. Al mover los brazos los cauces se desviarían para trazar arcos imperfectos de carmesí líquido fluyendo en abanico.
   El agua, el agua se teñiría de rojo, creando formas extrañas a mi alrededor. Lentamente, se me nublaría la vista y mi cabeza quedaría inclinada, vencida por su propio peso. Entonces musitaría que la quiero.

   Quizá necesite una caricia.