jueves, 30 de abril de 2015

"Plop"

   "El sonido que oirá al abrir asegura un envase hermético."

  El universo estaba embotellado, pero ha reventado.
  Evidentemente, era un recipiente cerrado (y bien cerrado), pero no estaba pensado para contenerlo, para encerrarlo. Quizá galaxias; alguna nebulosa, pero en ningún caso universos.
  Claro que al principio no fue un problema. Al principio el bote estaba casi completamente vacío, es decir, lleno de nada. Casi, salvo por un minúsculo e insignificante punto de densidad infinita. Todo el mundo se enteró; el punto explotó hace mucho tiempo y empezó a crecer de forma exponencial, descontrolada y, por supuesto, incontrolable.
  Así que se expandió y se expandió, empujado por los gases de su interior, de su composición, gases que se iban formando conforme aquel informe coloso, aquel ciclópeo titán llegaba a la adolescencia.
  Mucho ha llovido, y mucho ha explotado desde entonces; galaxias enteras han nacido, hijas de un universo primerizo, e inocente en cuestiones de creación, y han muerto en los brazos de algo más maduro, pero no mucho más viejo.
  Muchas estrellas fugaces han llovido desde entonces.

  Y ahora el universo, lo que fuera un punto perdido en el vacío del vacío, con la ayuda de sus mil galaxias y sus millones de estrellas, ha reventado la botella, ese material extraordinario hecho de unas cuantas cosas y de nada a la vez que se ha colapsado hacia fuera, rompiendo la simetría, generando caos, explotando como una bomba de clavos, como pequeños torbellinos que, emancipados de su total cautiverio, quedan desorientados; desorientados, pero infinitamente enérgicos, con ansia de llegar, pero sin saber a dónde pretenden ir, enloquecidos por su recién adquirida libertad.
  Esta ínfima parte, y todo lo demás, ha escapado.

  La entropía ha ganado la batalla.
  Una nueva era ha comenzado.

viernes, 13 de marzo de 2015

De tu más allegada

  Me das asco. Deberías saberlo. O asumirlo ya, no lo sé.

  Al principio me pareciste simpático e interesante. Incluso, recuerdo, te hice un cumplido al respecto. Pero luego, tú solo lo estropeaste todo.
  Exageraste tu alegría, exageraste tu personalidad, exageraste tu supuesta melancolía y tu comportamiento. Te volviste intrusivo, agobiante; una sombra constante cuya única intención era impresionarme, llamar mi atención. No quisiste entender que no hacía falta, que no era lo que yo quería. Ni siquiera pensé en buscar eso en ti, pero tú insistías.
  Trataste de acercarte a mí con pequeños trucos, indirectas, preguntas y propuestas para conseguir que me picara la curiosidad por ti. Pretendías parecerme misterioso; ansiabas que te preguntara qué te pasaba, si estabas bien, si podía hacer algo por ti. Y si alguna vez lo hice, fue porque me pareció la forma más humana de comportarme, y no por afán de crearte ilusiones.
  Pero tú seguiste insistiendo, llamando a mi puerta incansablemente, como intentando partir una piedra con una pluma, sin hacer progresos.
  Y cuando, sorprendido, comprendiste que tu presencia y tu fingida tristeza no bastaban, en lugar de darte por vencido, seguiste presionando, un poco más.
  Intentaste hablar directamente conmigo, buscar el contacto físico, mi roce, mi piel, tratando de crear lazos, bromas que nos unieran, sin pensar en lo que yo quería.

  Y así, tan lentamente que sólo yo, desde fuera, me di cuenta, fuiste cambiando tú mismo, cambiando para ser más acorde a lo que creíste que yo esperaba de ti, a lo que pensaste que podía gustarme, pero sin preguntarme. Poco a poco, te fuiste convirtiendo en todo lo que habías dicho detestar, en todo aquello que habías jurado que jamás serías. Un hipócrita, una víctima, un exagerado, un vanidoso, un soso. Alguien despreciable, basto, tosco.
  Uno más, nada más.

sábado, 14 de febrero de 2015

Cháchara filósofo-lingüística

–Falaces son sus argumentos. Difíciles, tanto de entender como de defender.
–¿Éstos, dice?
–Los que predican que la victoria dialógica suprema se consigue por medio de amenazas, junto a los que apelan únicamente a la autoridad que los defiende; especialmente falaces los segundos, teniendo en cuenta que es usted el representante de dicha autoridad.
–Incomprensible afirmación, la suya.
–Correcta, dada la ausencia de negación. ¿Me equivoco?
–¿Ignora usted el poder de lo implícito y oculto, acaso?
–Desconozco aquello que tenga que ver con lo que se me oculta, como es evidente.
–Aconsejo encarecidamente que empiece usted a considerar el hecho de que, en ocasiones, las cosas no son lo que parecen, incluso cuando cree haber buscado bien.
–¡Diablos! ¿Quiere decir que...?
–En efecto, sí, es justo lo que quiero decir. ¿Sabe cómo he logrado despistarle?
–¿Son todos esos sufijos innecesarios los que me han perdido?
–Probablemente, señor mío; probablemente.

sábado, 31 de enero de 2015

Bruma

  ¿Dónde estoy?
  Una neblina me rodea. Es pegajosa y espesa, y se cuela dentro de mí. Puedo moverme un poco, pero los músculos me pesan; torpeza y lentitud. Mis pensamientos son espesos, como si mi cabeza no fuera la mía y todo estuviera hecho un caos. Todo, dentro y fuera, es de un gris sucio, del color de la nieve pisoteada y embarrada. En el aire, casi irrespirable, flotan la apatía y el desinterés. La soledad.
  Es agobiante. Hace un poco de frío y hay humedad, pero apenas si noto eso.
  Las siluetas de algunos edificios se adivinan cerca, así que intento dirigirme a ellos. Pero no he logrado avanzar ni medio metro cuando se derrumban en silencio, desapareciendo como si nunca hubiesen existido.
  De pronto, un grupo de figuras me rebasa. Sus pasos no hacen ruido; sostienen faroles de aceite y se mueven lentamente, con elegancia, como si nada les afectara.
  Trato de llamarles a gritos, pero de mi boca no sale sonido alguno. Siguen caminando hasta que los jirones de esta niebla maldita se los tragan y vuelvo a quedarme solo.

  Entonces, empiezo a oírlo. Una especie de lamento, sutilmente angustiado, secretamente atormentado, que parece sonar desde todas y ninguna parte. De hecho, siempre ha estado ahí. Me doy cuenta de que pertenece a este lugar ceniciento, de que lo acompaña, realzándolo.
  Miro a mi alrededor, intentando encontrar un origen. Me giro, claro. Y entonces la veo.

  Tras de mí, algo de luz. La fuente, el manantial del que surge ese lamento, ese gemido, esa voz trágica, y su dueña.
  Cantando frente a mí, me mira fijamente. Solloza con suavidad. Me acerco, ya libre de mis ataduras, la bruma dentro de mí evaporada, y la acompaño en su llanto, abrazándola.