jueves, 23 de enero de 2014

Cítrico

   Sentada en el banco, con la espalda erguida y las piernas cruzadas, sostenía la fruta entre sus finas manos. El pelo, que le caía en cascada sobre los hombros, refulgía con cada furioso rayo de sol, y el vello de sus níveos brazos estaba erizado a causa de la brisa.
   Dejando a un lado los preliminares, en visible ansia contenida, comenzó a desvestir a la madarina de su piel, comenzando por arriba y girándola con elegante parsimonia según los trozos iban cayendo a su alrededor con lentitud.
   Desnuda la fruta, las puntas de los dedos manchadas como prueba irrefutable del lascivo pecado, separó los pedazos por la mitad, salpicando un poco en su dulce cara, una solitaria gota de rocío violando la blancura del pómulo.
   Atrajo los gajos a su boca, y fue sumergiéndolos en esas rojas y ávidas curvas, masticando muy despacio; un descarado descuido provocó que una apasionada pareja de goterones de jugo hicieran compañía a la pícara lágrima naranja, resbalando sinuosos y enardecedores desde las comisuras de los labios. 
   Los párpados cerrados no hacían sino acentuar la excitación del momento; el último gajo penetraba suave en su boca, haciendo temblar el labio inferior de forma lujuriosa, cerrándose una vez más esa boca, sólo para volver a entreabrirse curvándola ligeramente hacia arriba, al tiempo que los ojos, esas piedras preciosas, se abrían y, tímidos y asustados, sin poder refugiarse ya la atención en la fruta, los ojos de aquella criatura, esos ojos provocativos, se clavaban en mí, misteriosos, sugerentes, interrogantes, como preguntándome qué iba a ocurrir a continuación...

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Homúnculo

  Era un hombre reducido a lo mínimo. Tenía lo justo, lo cual era casi como no tener nada. No tenía ropa, casa, ni trabajo. Su única labor era existir, ya que no hacía otra cosa.
   No estaba en ninguna parte, no tenía movimiento ni pensamiento. Tenía la capacidad para obrar, pero carecía de la energía para hacerlo. Tenía los ojos cerrados. Era una carcasa. Mas no se le puede culpar por ello, pues él no tenía ni idea de todo esto.
   Era como un ser humano salido de fábrica, sin opinión ni posesión. Una máquina desconectada. Y es precisamente esto lo que nos permite verle como algo útil, materia prima moldeable para, en un futuro, servir de algo. Casi un diamante en bruto, se podría decir.
    Aun así, nada cambiaba; él no había tenido pasado y, mientras se encontrara en esta peculiar situación de estar inconsciente en ningún sitio, no tendría futuro.
   Era un hombre que, por no tener, no tenía de nada.

   De pronto, en un momento dado, una luz externa le alumbró. Le introdujeron un solo pensamiento; una frase, en su cabeza. Un ente superior, quizá su creador, le encomendó una misión. Su cerebro le fue encendido, y sin saber cómo, supo lo que tenía que hacer. Despertó.

   Abrió los ojos, y se descubrió frente a una hoja de papel, con una pluma de plata entre sus dedos. Aún desnudo de carne, pero ya no de mente, sabía que era primordial que cumpliera con su cometido, y en su cabeza encontró los conocimientos necesarios para ello.
   Todas estas cosas abrumaron un poco al hombre sin cosas, pero sabía que tenía que hacerlo, y no vaciló.
   Se acercó al papel y escribió en trazos elegantes e claros la frase que había sido implantada en su mente, que le había traído a la vida.
  
   En cuanto levantó la pluma de la última palabra, se desvaneció, y así lo hizo también la plateada pluma, dejando únicamente la negra frase en la amarillenta hoja, que rezaba:

   "Feliz Navidad a todos, y gracias por leerme"

domingo, 22 de diciembre de 2013

Recordé

   De golpe y porrazo, así recordé. Así te recordé. Recordé tu media sonrisa, tu mirada, que era pregunta y respuesta a un tiempo, tu forma de esconder la cara en el pelo, tu pose tímida, pero alegre.
   Y en ese momento de conmoción, de turbación, de convulsión interna, llegaste. Llegaste para envolverme en uno de esos abrazos tuyos; largos como un invierno, cortos como un verano. Me quedé sin aliento. Te tenía allí mismo, entre mis brazos, una sensación de calidez recorriéndome la espalda desde los puntos en que me tocabas. Apretados, uno muy cerca del otro. Cada vez que cierro los ojos aún noto cómo oprimías tu pecho contra el mío, y tus labios le susurraban a mi cuello que todo tu ser me echaba ya de menos.
   Abrumado por la profundidad y la cantidad de emociones que me embargaban tras un prolongado letargo, supe algo. Supe que te quería; que te necesitaba. Y supe que tenía que decírtelo antes de que fuera demasiado tarde.

   Por eso, en aquel preciso momento, a las dos de la madrugada, escapé de casa; un esquivo y solitario insomne, corriendo descalzo por la ciudad para ir a tu encuentro.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Sublevaos

   Somos una voz; un grito. Un grito de rebeldía.
   Somos mil voces; mil gritos. Mil gritos de revolución.
   Hemos sido oprimidos y aplastados. Pisoteados.
   Se acabaron el pan y el circo. Los timos y las promesas.
   Conocemos nuestra fuerza, y vamos a usarla. No hay nada que perder.
   Gobernantes temed, y temed mucho, pues hemos despertado. Y estamos furiosos.

   El pueblo debe ser libre. Y libre será.