sábado, 14 de febrero de 2015

Cháchara filósofo-lingüística

–Falaces son sus argumentos. Difíciles, tanto de entender como de defender.
–¿Éstos, dice?
–Los que predican que la victoria dialógica suprema se consigue por medio de amenazas, junto a los que apelan únicamente a la autoridad que los defiende; especialmente falaces los segundos, teniendo en cuenta que es usted el representante de dicha autoridad.
–Incomprensible afirmación, la suya.
–Correcta, dada la ausencia de negación. ¿Me equivoco?
–¿Ignora usted el poder de lo implícito y oculto, acaso?
–Desconozco aquello que tenga que ver con lo que se me oculta, como es evidente.
–Aconsejo encarecidamente que empiece usted a considerar el hecho de que, en ocasiones, las cosas no son lo que parecen, incluso cuando cree haber buscado bien.
–¡Diablos! ¿Quiere decir que...?
–En efecto, sí, es justo lo que quiero decir. ¿Sabe cómo he logrado despistarle?
–¿Son todos esos sufijos innecesarios los que me han perdido?
–Probablemente, señor mío; probablemente.

sábado, 31 de enero de 2015

Bruma

  ¿Dónde estoy?
  Una neblina me rodea. Es pegajosa y espesa, y se cuela dentro de mí. Puedo moverme un poco, pero los músculos me pesan; torpeza y lentitud. Mis pensamientos son espesos, como si mi cabeza no fuera la mía y todo estuviera hecho un caos. Todo, dentro y fuera, es de un gris sucio, del color de la nieve pisoteada y embarrada. En el aire, casi irrespirable, flotan la apatía y el desinterés. La soledad.
  Es agobiante. Hace un poco de frío y hay humedad, pero apenas si noto eso.
  Las siluetas de algunos edificios se adivinan cerca, así que intento dirigirme a ellos. Pero no he logrado avanzar ni medio metro cuando se derrumban en silencio, desapareciendo como si nunca hubiesen existido.
  De pronto, un grupo de figuras me rebasa. Sus pasos no hacen ruido; sostienen faroles de aceite y se mueven lentamente, con elegancia, como si nada les afectara.
  Trato de llamarles a gritos, pero de mi boca no sale sonido alguno. Siguen caminando hasta que los jirones de esta niebla maldita se los tragan y vuelvo a quedarme solo.

  Entonces, empiezo a oírlo. Una especie de lamento, sutilmente angustiado, secretamente atormentado, que parece sonar desde todas y ninguna parte. De hecho, siempre ha estado ahí. Me doy cuenta de que pertenece a este lugar ceniciento, de que lo acompaña, realzándolo.
  Miro a mi alrededor, intentando encontrar un origen. Me giro, claro. Y entonces la veo.

  Tras de mí, algo de luz. La fuente, el manantial del que surge ese lamento, ese gemido, esa voz trágica, y su dueña.
  Cantando frente a mí, me mira fijamente. Solloza con suavidad. Me acerco, ya libre de mis ataduras, la bruma dentro de mí evaporada, y la acompaño en su llanto, abrazándola.

martes, 2 de diciembre de 2014

El menor disparate

  Quizá no fuera el lugar equivocado; ni siquiera el momento equivocado.

  Quizá sólo fuéramos las personas equivocadas.